Del Dugout a la Calle: El 14 a 6 que coincidió con el cumplemes de Maduro.
"Dos victorias para un país que se sentía perdedor"
"Dos victorias para un país que se sentía perdedor"
Por: Emilio Morillo Sabariego
En sólo 30 días, Venezuela ha vivido dos hitos que, aunque diferentes en naturaleza, comparten un significado profundo para muchos venezolanos: un cambio político de gran impacto y una victoria deportiva que unió a miles alrededor de una pasión histórica. Dos triunfos en un mes que revelan, de manera inspiradora y compleja, cómo una sociedad intenta recomponer su espíritu y reclamar su futuro.
El país ha recordado que la victoria no siempre llega de un solo lado: unos batallan por justicia en las calles y en los tribunales, y otros celebran la alegría de un jonrón decisivo. Entre la política y el béisbol, el espíritu venezolano muestra que la esperanza se construye tanto con pasos firmes como con sonrisas compartidas.
LA VICTORIA DEL MAGALLANES: UNA INYECCIÓN DE ESPERANZA Y ORGULLO
En medio de un entorno político intenso, Venezuela celebró una victoria que unió a millones: Navegantes del Magallanes se coronaron campeones de la temporada 2025-2026 de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional (LVBP), al derrotar en seis juegos a Caribes de Anzoátegui y levantar su decimocuarto título histórico.
Este triunfo, más allá de lo deportivo, simboliza:
Resiliencia: La Nave Turca remontó momentos difíciles durante la temporada y supo imponerse con autoridad en la final.
Identidad nacional: En tiempos donde la política polariza, el béisbol sigue siendo un terreno común de identidad venezolana, capaz de levantar el ánimo de muchos en medio de la incertidumbre.
Metáfora social: Si el béisbol es una escuela de paciencia, estrategia y equipo, el triunfo del Magallanes puede verse como un paralelo a la lucha diaria de la sociedad por recuperar libertades, dignidad y cohesión.
LA TRANSICIÓN POLÍTICA: ¿HA COMENZADO?
El 3 de enero de 2026 marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses durante una operación militar en Caracas. En medio de la controversia internacional y tensiones diplomáticas, Maduro fue depuesto y su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumió la presidencia de forma interina bajo guía política y presión de Estados Unidos.
Durante estas primeras semanas, el país ha experimentado una mezcla de expectación, incertidumbre y movilización social:
Anuncio de una Ley de Amnistía: Rodríguez presentó un proyecto para liberar a cientos de presos políticos y favorecer la convivencia pacífica, intentando reparar décadas de confrontación política. La norma excluiría a personas acusadas de crímenes graves, pero incluye a presos por motivos políticos desde 1999 hasta ahora.
Excarcelaciones selectivas: Ya se han producido liberaciones iniciales (más de 300 según el gobierno, aunque cifras de organizaciones independientes divergen), lo que ha despertado tanto esperanza como crítica sobre el alcance real de la medida.
Protestas y movimiento estudiantil: Estudiantes de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y otras universidades han vuelto a las calles pidiendo la liberación total de los presos políticos y una amnistía sin exclusiones, movimientos prácticamente silenciados durante años.
Expectativa internacional y desafíos institucionales: La transición ha sido observada cuidadosamente por actores externos como Estados Unidos, que ha levantado sanciones selectivas y restablecido relaciones diplomáticas, permitiendo incluso la reapertura de vuelos y operaciones económicas limitadas.
Este despertar cívico se produce en medio de un contexto de tensiones, promesas y escepticismos: para muchos, los cambios son un comienzo; para otros, la verdadera transición democrática aún está por llegar.
¿LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y MEDIOS EN EVOLUCIÓN?
Uno de los indicadores más sensibles (y a la vez más reveladores) de cualquier proceso de transición política es el estado real de la libertad de expresión. En Venezuela, durante años, el control informativo funcionó como una extensión del poder político: autocensura, líneas editoriales impuestas, cierres de medios, persecución a periodistas y una hegemonía comunicacional que redujo el espacio público a un monólogo oficial.
En este nuevo contexto, aunque aún frágil y contradictorio, comienzan a observarse fisuras significativas en ese cerco.
El regreso de declaraciones opositoras a la televisión abierta, como las transmitidas por Venevisión, no debe entenderse únicamente como un gesto editorial, sino como un síntoma político. Durante años, la sola mención de figuras opositoras relevantes estaba prácticamente proscrita del espectro mediático tradicional. Hoy, su reaparición marca un quiebre simbólico: la narrativa única empieza a resquebrajarse.
Sin embargo, este proceso no equivale aún a una libertad plena. Lo que emerge es una libertad vigilada, condicionada por equilibrios de poder todavía inestables. Los medios caminan sobre una línea fina: informan más, pero miden cada palabra; amplían el debate, pero evitan cruzar ciertos límites todavía difusos. La autocensura no ha desaparecido, solo ha cambiado de forma.
Organizaciones de derechos humanos y gremios periodísticos siguen advirtiendo, con razón, que este momento debe ser observado con cautela. La libertad de expresión no se mide solo por lo que hoy se permite decir, sino por la seguridad de poder decirlo mañana sin represalias. En ese sentido, el desafío no es solo abrir micrófonos, sino garantizar marcos legales, institucionales y culturales que protejan de manera sostenida el ejercicio del periodismo y la libre opinión.
En síntesis, Venezuela no ha recuperado plenamente su libertad de expresión, pero ha comenzado a recordarla. Y ese recuerdo, en una sociedad que fue obligada a callar durante tanto tiempo, es ya un acto político de enorme relevancia.
FAMILIAS, JUSTICIA Y MOVILIZACIÓN
El movimiento de familiares de presos políticos ha desempeñado un papel clave en mantener la presión social y visibilizar demandas históricas de libertad tras la captura de Maduro y el vergonzoso anuncio de Jorge Rodríguez donde prometía la liberación masiva e inmediata de un número importante de presos políticos generando esperanza y con el pasar de los días frustración de quienes aún siguen secuestrados por el régimen.
Al mismo tiempo, sectores universitarios y laborales, incluidos docentes y representantes académicos, han comenzado a demandar al Estado por temas como ajustes salariales y condiciones laborales, señalando que las transformaciones estructurales deben acompañar la apertura política.
En paralelo, la administración interina ha promovido cambios significativos en políticas económicas, como la modificación de la Ley de Hidrocarburos para atraer inversiones extranjeras, un giro importante respecto a décadas de control estatal rígido en el sector petrolero. Estos ajustes buscan reactivar espacios productivos y generar fuentes de ingreso para una economía devastada por años de crisis. Aunque celebrados por algunos sectores empresariales, también han generado críticas por el temor de perder control nacional sobre recursos estratégicos.
CONCLUSIÓN: DOS VICTORIAS PARA UN PAÍS QUE SE SENTÍA PERDEDOR
Este primer mes sin Nicolás Maduro no puede explicarse como una simple sucesión de hechos políticos ni como un cambio automático de destino. Tampoco puede romantizarse como una victoria definitiva. Lo que Venezuela vive es algo más complejo, más humano y, por ello mismo, más frágil: la reapertura del horizonte de lo posible.
El triunfo del Magallanes y la sacudida política no pertenecen a esferas separadas. Ambos funcionan como lenguajes distintos de una misma necesidad colectiva: volver a creer que el esfuerzo tiene sentido, que la constancia puede dar frutos y que la derrota no es un estado permanente.
En un país donde perder se volvió rutina, entiéndase perder derechos, perder ingresos, perder familiares, perder la voz, ganar, aunque sea en el diamante, tiene un valor emocional y simbólico incalculable.
La política, por su parte, ha dejado de ser un territorio completamente clausurado. Las calles vuelven a poblarse, las universidades recuperan su rol histórico como conciencia crítica y los familiares de presos políticos ya no gritan en el vacío. Pero el momento exige lucidez: no toda transición es necesariamente democrática, ni todo gesto aperturista garantiza justicia estructural.
El riesgo mayor de esta etapa no es el conflicto, sino la desmovilización prematura; no es la confrontación, sino la resignación disfrazada de normalidad. La historia venezolana reciente ha enseñado que los cambios reales no se consolidan solo con decretos, excarcelaciones parciales o ajustes económicos, sino con instituciones sólidas, memoria activa y participación sostenida.
En ese sentido, el país parece debatirse entre dos impulsos: la tentación de celebrar demasiado pronto y la prudencia de quienes saben que la democracia no se hereda, se construye. La alegría del béisbol convive con la cautela política; la esperanza se mezcla con la desconfianza; la sonrisa del jonrón decisivo no borra, pero sí alivia, el peso de años de frustración.
Emilio Morillo Sabariego es abogado y activista venezolano que ha logrado fusionar el ámbito jurídico con estrategias comunicacionales y creación de contenidos digitales. A lo largo de estos últimos 15 años, ha impulsado diversos proyectos orientados a la formación, el liderazgo y la visibilización de causas sociales, actualmente está al frente del programa de entrevistas “Perfiles” y el portal informativo “InfoPolito”. En el plano institucional, es fundador y Presidente de la Red Internacional de Abogados por Venezuela, activista de Voluntad Popular en Estados Unidos y Director del Centro de Liderazgo, Comunicación y Acción (CÉLICA). En 2023 publicó su libro ¿Cómo convertirse en un CAPO? La superación de una migración forzada, una obra que combina testimonio, reflexión y liderazgo, dirigida a quienes buscan transformar la adversidad en crecimiento personal y acción positiva.