Existe una narrativa cómoda: la idea de que la administración de Donald Trump capturó a Maduro para liberar a Venezuela. Pero esa visión ignora un hecho central: la política exterior de Estados Unidos responde, ante todo, a intereses internos y estratégicos propios, no a la construcción democrática de terceros países.
La presión estadounidense es importante, sí. Pero también es volátil. Depende de elecciones, del Congreso, del Senado y del respaldo de la opinión pública. Pensar que la libertad de Venezuela puede sostenerse indefinidamente bajo la tutela de una administración extranjera es apostar por una estabilidad frágil y reversible.
La historia demuestra que las transiciones impuestas o tuteladas desde fuera rara vez consolidan democracias sólidas.
El argumento de la administración estadounidense ha sido que la captura de Maduro “libera” a Venezuela de un dictador para iniciar una transición democrática. No obstante:
• Los cambios en discursos oficiales (liberación de presos políticos, apertura al comercio petrolero con EE. UU.) no garantizan transformaciones estructurales duraderas sin actores democráticos fuertes en la mesa.
• La permanencia de figuras del chavismo tradicional y la resistencia de sectores militares o políticos puede conservar espacios de poder que perpetúen prácticas autoritarias.
• Una transición impulsada principalmente desde fuera (especialmente si depende de la voluntad política de un presidente como Trump) corre el riesgo de devenir en una especie de tutela limitada o efímera, especialmente considerando que la política estadounidense es volátil y que el apoyo puede disminuir según cambios internos en su Congreso y opinión pública.
La captura de Nicolás Maduro la madrugada del 3 de enero ha sido presentada por algunos como el inicio de la liberación de Venezuela. Para otros, ha generado alivio, esperanza o incluso celebración. Sin embargo, reducir este hecho a una narrativa de “fin de la dictadura” no solo es impreciso, sino peligroso. La realidad es más compleja y exige una reflexión honesta, especialmente para quienes creemos que la libertad de Venezuela debe ser duradera, no circunstancial.
Maduro no fue capturado por ser dictador. Fue capturado por acusaciones penales vinculadas al narcotráfico y al narcoterrorismo. Esta distinción es fundamental. Estados Unidos no ejecutó un proceso de transición democrática ni desmanteló el régimen venezolano; ejecutó una acción penal internacional contra un individuo. Y la prueba más clara de ello es que el poder político en Venezuela permanece intacto, solo que ahora sin su figura principal.